La descarbonización representa uno de los desafíos más significativos a los que se enfrenta la sociedad actual, si no el más importante. La incapacidad para ralentizar el calentamiento global y el cambio climático conllevaría consecuencias directas en forma de veranos mucho más cálidos, sequías recurrentes o lluvias torrenciales e inundaciones. En este contexto, la reducción de emisiones se convierte en una responsabilidad compartida, ya que las consecuencias afectan a todos los sectores de la población. Delegar las responsabilidades en terceras partes, argumentado que nuestro impacto en el global es reducido o que nuestra capacidad de actuación es limitada, no es aceptable en un problema que atañe al conjunto de la sociedad.
En este sentido, atribuir exclusivamente la responsabilidad del problema a la industria del cemento, por su contribución estimada del 7 % a las emisiones globales anuales, supone una simplificación engañosa. La producción de cemento responde a una demanda social ligada a un estilo de vida basado en viviendas seguras y eficientes, así como en infraestructuras de transporte que facilitan la movilidad y el desarrollo económico. Actualmente, se fabrican más de 4.000 millones de toneladas de cemento al año en el mundo, todas ellas destinadas a aplicaciones funcionales, no decorativas. Su uso está estrechamente relacionado con el crecimiento económico global y, por tanto, cuestionar la existencia del cemento implica reconsiderar el nivel de bienestar y desarrollo que se está dispuesto a sacrificar para mitigar el cambio climático.
En la sociedad contemporánea, prescindir del cemento no es una opción viable. Este material está presente en viviendas, carreteras, líneas ferroviarias, tuberías y pavimentos. La propia Comisión Europea lo ha reconocido como una tecnología de transición indispensable para alcanzar los objetivos de neutralidad climática en 2050, ante la ausencia de alternativas técnica y económicamente viables.
La cuestión de fondo consiste en determinar si se trata de un problema sin solución, en el que mantener el estilo de vida actual resulta incompatible con cualquier alternativa. De no adoptarse medidas, las catástrofes naturales serán más frecuentes e intensas, con un impacto directo sobre la calidad de vida. Si se opta por intervenir, será necesario replantear el uso del cemento, un producto que, junto con los avances en medicina, ha tenido uno de los impactos más positivos en la sociedad moderna.
Numerosos actores del sector del cemento y del hormigón sostienen que este dilema puede resolverse sin necesidad de renuncias, siempre que se avance de forma coordinada. La industria cementera, en particular, ha asumido el desafío como propio y ha establecido el objetivo de reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero en un 55 % para el año 2030, en consonancia con los compromisos adquiridos por la Unión Europea. Para lograrlo, se están desarrollando nuevas tecnologías y realizando inversiones de gran envergadura, que ya permiten ofrecer productos con una huella de carbono considerablemente inferior a la de hace una década.
Es por ello que, desde la PTEH, queremos hacer hincapié en que ya existen soluciones que permiten diseñar edificios e infraestructuras con una huella de carbono que puede ser un 50% inferior a la de las que se construían a comienzos de siglo.
Pero no sólo el cemento está implicado en esta tarea. Toda la cadena de valor está desarrollando nuevas tecnologías que permitan a los materiales derivados del cemento mantener sus características técnicas y de durabilidad a partir de unos nuevos cementos bajos en carbono cuya composición es diferente. El sector del hormigón preparado, de los prefabricados de hormigón, de los áridos y de los aditivos, junto con el cemento, están trabajando en nuevas soluciones que, reduciendo significativamente la huella de carbono del producto, mantengan exactamente las mismas prestaciones en lo relativo a puesta en obra o plazos constructivos.
Este esfuerzo colectivo implica también a los proyectistas, quienes desempeñan un papel crucial en dos aspectos. Por un lado, deben adquirir conocimientos sobre los nuevos materiales con baja huella de carbono para especificarlos adecuadamente y aprovechar sus propiedades de forma eficaz. Por otro lado, el diseño óptimo de los proyectos resulta fundamental para maximizar el rendimiento mecánico y energético de los materiales, con el fin de reducir tanto las emisiones embebidas como las operativas derivadas del uso, como la climatización o el transporte.
Así pues, la activación térmica de estructuras de hormigón en edificios o el incremento de la rigidez de los firmes mediante la utilización de pavimentos de hormigón son decisiones de diseño que afectan positivamente al 80% de las emisiones generadas en el entorno de un edificio o una carretera, aquellas que se producen en la fase de explotación del activo a lo largo de una vida útil de, al menos, 50 años.
Y no debemos olvidar que de poco sirve si la industria y la cadena de valor avanzan tecnológicamente de forma vertiginosa, si los desarrollos reglamentarios que deben permitir la aplicación de estos desarrollos no acompañan al proceso. En un sector como el de la construcción, en el que la seguridad es un pilar esencial, la normativa y reglamentación deben ser lo suficientemente ágiles para, garantizando este aspecto, dar respuesta a la necesidad de la industria de trasladar sus innovaciones al mercado.
La descarbonización ya no es una promesa de futuro, sino una realidad tangible que está transformando la forma en que se diseñan y construyen edificios e infraestructuras. Las soluciones existen y están en marcha: materiales con menor huella de carbono, nuevas tecnologías aplicadas en la fabricación y decisiones de diseño más eficientes que reducen las emisiones tanto en la fase de construcción como en la de uso. El reto es colectivo y requiere implicación en todos los niveles, desde la producción hasta la prescripción y la normativa. Solo a través de esta colaboración será posible afrontar con eficacia uno de los mayores desafíos de nuestra era sin renunciar al desarrollo ni al bienestar.
Este artículo proviene de la tribuna de opinión ‘La descarbonización: un reto social’ escrito por César Bartolomé Muñoz y Miguel ángel Sanjuán Barbudo (IECA), coordinadores del monográfico ‘La contribución del hormigón a la descarbonización de la sociedad’ de la Revista Cemento Hormigón.