Economía circular en la construcción: beneficios del hormigón

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En un escenario en el que la población global continúa creciendo y en el que se estima que alcanzarán los 9.000 millones de habitantes, no dispondremos de suficientes recursos naturales para atender la demanda a menos que seamos capaces de reducir drásticamente su consumo.

En este contexto, las presiones políticas y sociales para cambiar el modelo de desarrollo de un sistema lineal a un sistema circular son crecientes. Sin embargo, no siempre ponemos el foco en lo realmente importante y, de hecho, nos centramos demasiado en el reciclaje, que es un medio, pero no el fin.

Pongamos el siguiente caso para ejemplificar esta confusión a la que nos referimos. Si preguntamos a la audiencia la motivación de un apicultor para vestirse como lo hace cuando quiere manipular los panales, un alto porcentaje de dicha audiencia afirmará que el motivo por el que se protege es para que las abejas no le piquen. Al igual que en el caso del reciclaje, estamos confundiendo el foco. El objetivo del apicultor es recolectar la miel.

De igual manera, nuestro objetivo es reducir el consumo de recursos naturales, no el reciclaje. El reciclaje es únicamente un medio.

Así, pues, cuando la sociedad establece la circularidad como objetivo prioritario del desarrollo, lo que realmente quiere decir es que tenemos que abandonar un modelo de consumo basado en utilizar, tirar y consumir de nuevo; y sustituirlo por un modelo basado en el utilizar y reparar, alargando en la medida de lo posible la vida útil de los productos, de manera que, únicamente al final de una larga vida útil, dicho producto se reutilice o se recicle, dependiendo de cada caso.

De hecho, recientemente, la Comisión Europea ha aprobado el derecho de los usuarios a reparar los productos para que puedan librarse de la dictadura de la linealidad y ha establecido algunas medidas de obligado cumplimiento para los productores.

Ahora bien, esta filosofía parece que no se está extendiendo al sector de la construcción, donde la vida útil de los edificios continúa siendo, por defecto, 50 años y solo se extiende a 100 años en el caso de edificios singulares. En obra civil, la vida útil por defecto sí es de 100 años.

Pero la pregunta que surge es, si tenemos tecnología suficiente para extender la vida útil de nuestras estructuras, no a 100 años, sino muy probablemente a 150 o a 200 años contribuyendo así a la circularidad de la economía, ¿por qué no lo hacemos?

El hormigón permite diseñar estructuras con una vida útil de hasta 200 años. Además, su mantenimiento es muy reducido, lo que permite minimizar los impactos a lo largo de dicha vida útil. Y se trata de un material altamente resiliente en situaciones de catástrofes naturales (terremotos, inundaciones, huracanes, …).

Y para más inri, es fácilmente reciclable al final de su vida de servicio, utilizándolo como árido en la fabricación de un nuevo hormigón.

Además, muchos edificios de hormigón actuales se están diseñando para que sean fáciles de desmontar y permitir la reutilización de sus componentes en otros proyectos de construcción. Esta flexibilidad en el diseño contribuye a la eficiencia y a la reducción del consumo de materias primas, fomentando una perspectiva más sostenible en la construcción.

En resumen, el hormigón aporta la tecnología necesaria que permite avanzar en la senda de la circularidad. El siguiente paso debe ser ajustar la reglamentación técnica a las nuevas necesidades medioambientales.